Oculté mi embarazo al jefe mafioso más temido de Chicago… hasta que llamó a mi médica y descubrió que alguien más estaba persiguiendo a nuestro bebé…

Nueve semanas después de pasar una noche prohibida con el jefe mafioso más temido de Chicago, estaba sentada sola en una clínica, escuchando los latidos del corazón de nuestro bebé aún no nacido y rezando para que su padre nunca descubriera que la pequeña vida que crecía dentro de mí era suya.

Pero antes de que pudiera limpiarme el gel de la ecografía del vientre, Dominic Bellano ya había llamado a mi médica y, cuando regresé a su oficina, una taza de té de jengibre me esperaba sobre mi escritorio.

En aquel momento supe que había ocurrido algo terrible.

Me llamo Penelope Hart, aunque todos los que me conocen me llaman Penny.

Durante cuatro años había trabajado como secretaria ejecutiva de Dominic Bellano en la planta cuarenta y tres de Bellano Tower, donde las ventanas daban al lago Michigan y los hombres que entraban en su despacho solían salir con bastante menos confianza de la que tenían al llegar.

Dominic tenía treinta y ocho años, era extraordinariamente atractivo y poseía suficiente poder para hacer que los políticos reconsideraran sus promesas y que los empresarios adinerados bajaran la voz cuando él entraba en una habitación.

Controlaba contratos de transporte marítimo, almacenes, hoteles y empresas de inversión por todo el Medio Oeste, aunque cualquiera que hubiera vivido suficiente tiempo en Chicago sabía que la fortuna de los Bellano tenía raíces que los periódicos respetables preferían no investigar.

Sabía lo suficiente para comprender que su mundo era peligroso.

También sabía lo suficiente para comprender que enamorarme de él era una estupidez.

Por desgracia, lo había hecho de todos modos.

Durante cuatro años había memorizado su agenda, recordado cómo le gustaba el café, aprendido a reconocer la ligera tensión de su mandíbula cuando estaba enfadado y descubierto que su silencio solía ser más peligroso que los gritos de cualquier otro hombre.

Rara vez sonreía.

Nunca levantaba la voz innecesariamente.

Y, a pesar de tener dinero suficiente para comprar casi cualquier cosa que deseara, parecía un hombre que había olvidado cómo pedir algo que realmente necesitaba.

Había pasado aquellos cuatro años fingiendo que no me daba cuenta.

Llevaba cárdigans holgados sobre vestidos discretos, mantenía el cabello recogido y caminaba por su oficina con la invisibilidad ensayada de alguien que comprendía perfectamente cuál era su lugar en el mundo.

Yo era una empleada.

Él era Dominic Bellano.

Se suponía que ahí empezaba y terminaba todo.

Pero nueve semanas antes, una noche aterradora había cambiado mi vida.

Ahora estaba embarazada de su hijo y había tomado la dolorosa decisión de desaparecer antes de que descubriera la verdad.

En la clínica, la sala de exploración olía a desinfectante y algodón limpio, mientras una lluvia helada golpeaba suavemente la estrecha ventana situada junto al ecógrafo.

La médica, una mujer amable llamada doctora Lena Morris, había atenuado las luces y girado el monitor hacia mí.

Había estado intentando no llorar incluso antes de que apoyara la sonda del ecógrafo sobre mi vientre.

Durante tres semanas había sobrevivido a base de galletas saladas, caramelos de menta y la esperanza desesperada de que las náuseas fueran consecuencia del estrés.

Pero dos pruebas de embarazo ya habían confirmado lo que mi cuerpo parecía empeñado en decirme.

Llevaba un bebé dentro.

El bebé de Dominic.

Cuando la pantalla finalmente mostró una forma diminuta rodeada de oscuridad, olvidé cómo respirar.

—Ahí está —dijo suavemente la doctora Morris.

Me quedé mirando el monitor.

—¿Ese es realmente mi bebé?

Ella sonrió.

—Sí, Penny, ese es tu bebé.

Entonces ajustó el aparato y la habitación se llenó del sonido más rápido y extraordinario que jamás había escuchado.

Un latido.

No era el mío.

Tampoco el de Dominic.

Era el latido del corazón de nuestro bebé.

Me llevé una mano a la boca mientras las lágrimas comenzaban a deslizarse por mis mejillas.

Durante nueve semanas y tres días, una nueva vida había estado creciendo dentro de mí mientras archivaba contratos, respondía llamadas telefónicas y me sentaba frente al padre del bebé fingiendo que nada había cambiado.

—¿Está todo bien? —susurré.

—El latido es fuerte y todo lo que estamos viendo hoy resulta tranquilizador para esta etapa del embarazo.

Mis ojos volvieron a llenarse de lágrimas.

—¿Puedo escucharlo una vez más?

La doctora Morris asintió y dejó que el sonido volviera a llenar la habitación.

Había imaginado que confirmar mi embarazo facilitaría la decisión.

En cambio, hizo que todo resultara más doloroso.

Hasta aquel momento, marcharme de Chicago me había parecido una solución práctica para un problema aterrador.

Pero escuchar aquel diminuto corazón me hizo comprender que no estaba simplemente huyendo de Dominic Bellano.

Estaba decidiendo si mi hijo llegaría a conocer alguna vez a su padre.

El pensamiento me dolió tanto que tuve que apartar la mirada del monitor.

La doctora Morris lo notó.

—¿Quieres que alguien entre y se siente contigo?

Negué con la cabeza.

—No, gracias.

—¿El padre del bebé sabe que estás embarazada?

Me quedé mirando el techo.

—No.

La doctora Morris observó mi rostro durante un momento antes de dejar la sonda del ecógrafo a un lado.

—Penny, necesito hacerte una pregunta importante.

Apreté los dedos contra el borde de la camilla.

—¿Le pasa algo al bebé?

—No.

—Pero pareces asustada ante la posibilidad de que el padre se entere.

—¿Tienes miedo de que pueda hacerte daño?

Casi me eché a reír.

Dominic Bellano podía destruir la vida entera de un hombre con una sola llamada telefónica.

Tenía guardias armados fuera de su despacho, enemigos cuyos nombres nunca se pronunciaban en voz alta y una reputación que ponía nerviosos incluso a los hombres más poderosos.

¿Pero hacerme daño a mí?

Recordé la noche en que me encontró llorando en el aparcamiento subterráneo después de enterarme de que mi madre necesitaba otro procedimiento médico costoso.

No había hecho preguntas.

Simplemente me había colocado su abrigo sobre los hombros y se había encargado de pagar las facturas del hospital.

Recordé también aquella ocasión en que un inversor borracho me agarró de la muñeca durante una cena de empresa.

Dominic había cruzado la sala tan deprisa que la sonrisa del hombre desapareció antes incluso de que llegara hasta nosotros.

Y recordé la noche de nueve semanas atrás, cuando todo había cambiado entre nosotros.

—No —susurré.

—No tengo miedo de que me haga daño.

—Entonces, ¿de qué tienes miedo?

Bajé la mirada hacia la fotografía de la ecografía.

—De que ame tanto a este bebé que nunca nos permita marcharnos.

La doctora Morris permaneció en silencio.

Me sequé las mejillas.

—Por favor, no se lo diga.

—Pase lo que pase, necesito tomar esta decisión por mí misma.

Ella asintió.

—Tu información médica es confidencial, Penny.

—Nadie puede acceder a ella sin tu permiso.

Le creí.

Por desgracia, todavía no comprendía que otra persona ya había descubierto mi secreto.

Cuando regresé a Bellano Tower aquella tarde, lo primero que noté fue el silencio.

Normalmente, la planta cuarenta y tres estaba llena de teléfonos sonando, conversaciones apresuradas y asistentes que transportaban carpetas de un despacho a otro.

Ahora el mostrador de recepción estaba vacío.

Dos guardias de seguridad desconocidos permanecían junto a los ascensores.

Y sobre mi escritorio había una taza de porcelana llena de té de jengibre humeante.

A su lado había un pequeño paquete de galletas saladas.

Me detuve en seco.

Durante tres semanas había ocultado mis náuseas matutinas bebiendo té de jengibre y llevando galletas saladas en el bolso.

Nadie lo sabía.

Nadie excepto yo.

—Señorita Hart.

Me giré.

Marco Vitale, el jefe de seguridad de Dominic desde hacía muchos años, estaba junto a la entrada del despacho ejecutivo.

—El señor Bellano quiere verla.

Sentí un vuelco en el estómago.

—¿Ocurre algo malo?

Marco miró la taza que había sobre mi escritorio.

Después me miró a mí.

—Por favor, entre.

Dominic estaba de pie junto a las ventanas que daban al lago Michigan.

Llevaba un traje gris antracita, tenía las mangas remangadas hasta los codos y sujetaba el teléfono con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.

Sobre el escritorio había una fotografía.

La fotografía de mi ecografía.

Me quedé paralizada.

Dominic se volvió.

Por primera vez en cuatro años, vi en su expresión algo que nunca había visto antes.

Miedo.

—Siéntate, Penny.

Permanecí de pie.

—¿De dónde has sacado eso?

Él miró la fotografía.

—¿Es verdad?

Sentí que la garganta se me cerraba.

—Dominic…

—¿Estás embarazada?

Quería mentir.

Quería decir que la fotografía pertenecía a una amiga, que todo era un malentendido y que él no tenía derecho a preguntármelo.

En lugar de eso, miré al hombre al que había amado en silencio durante cuatro años.

—Sí.

Sus ojos descendieron hacia mi vientre.

Durante varios segundos no dijo nada.

Entonces hizo la pregunta que más había temido.

—¿El bebé es mío?

Asentí.

Algo cambió en su rostro.

Se agarró al borde del escritorio como si necesitara algo sólido bajo la mano.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque sé lo que les ocurre a las personas que te pertenecen.

Su expresión se endureció.

—¿Qué significa eso?

—Significa que tus enemigos se convierten en sus enemigos.

—Tus problemas se convierten en sus problemas.

—No quiero que nuestro hijo crezca rodeado de guardaespaldas y coches blindados.

Él apartó la mirada.

Tragué saliva.

—Pensaba presentar mi dimisión mañana.

Giró la cabeza bruscamente.

—¿Y después?

—Marcharme de Chicago.

El silencio que siguió fue insoportable.

Finalmente, Dominic caminó hacia mí.

Se detuvo a unos pasos de distancia.

—¿Pensabas que te dejaría desaparecer sin preguntarte por qué?

—Pensaba que harías imposible que me marchara.

Su mandíbula se tensó.

Entonces dijo algo que me dejó atónita.

—Penny, jamás te obligaría a quedarte.

Lo miré fijamente.

—Pero alguien más ya ha decidido que no vas a ir a ninguna parte.

Deslizó la fotografía de la ecografía hacia mí.

Había algo escrito en el reverso.

Tres palabras.

EL HEREDERO ES NUESTRO.

Se me heló la sangre.

—¿Quién escribió eso?

—Esperaba que tú pudieras decírmelo.

Negué con la cabeza.

Dominic tomó otro sobre.

Dentro había seis fotografías.

Yo entrando en mi apartamento.

Yo comprando alimentos.

Yo saliendo de Bellano Tower.

Y una tomada a través de la ventana de la clínica aquella misma mañana.

Me llevé una mano a la boca.

—¿Alguien me ha estado siguiendo?

—Durante al menos doce días.

—¿Quién?

La expresión de Dominic adquirió una quietud aterradora.

—Mi hermano.

Había oído hablar de Adrian Bellano, pero nunca lo había conocido.

Supuestamente, el hermano menor de Dominic se había trasladado al extranjero después de una amarga disputa por el negocio familiar.

Según los rumores de la oficina, Adrian era encantador, imprudente y peligrosamente ambicioso.

Dominic le había dicho una vez a Marco que su hermano sería capaz de incendiar una casa simplemente porque no podía poseerla.

Ahora Adrian sabía lo de nuestro bebé.

—¿Por qué iba a importarle? —susurré.

Dominic se sentó detrás de su escritorio.

—Por el testamento de mi padre.

Fruncí el ceño.

—Tu padre murió hace años.

—Hace diecisiete años.

—Dejó las acciones que otorgan el control de Bellano Holdings en un fideicomiso familiar.

—Yo dirijo la empresa, pero la propiedad se transmite bajo determinadas condiciones.

—¿Qué condiciones?

Dominic me miró directamente.

—Si tengo un hijo, ese niño se convierte en el principal beneficiario del fideicomiso.

Me quedé mirándolo.

—¿Y Adrian?

—Pierde la posibilidad de heredar el control.

Sentí que el estómago se me retorcía.

—¿Entonces quiere hacerle daño al bebé?

El rostro de Dominic se ensombreció.

—Quiere tener algo con lo que presionarme.

—Y cree que tú y el bebé sois la forma más fácil de conseguirlo.

Instintivamente me cubrí el vientre.

Dominic lo notó.

Por un instante, el temido jefe mafioso desapareció.

En su lugar había un hombre que parecía absolutamente aterrorizado.

Se acercó lentamente.

—Penny, ¿puedo?

Comprendí lo que quería decir.

Asentí.

Apoyó suavemente la palma de la mano sobre mi vientre.

Todavía no había nada que pudiera sentir.

Nuestro bebé era demasiado pequeño.

Pero Dominic mantuvo la mano allí como si por fin hubiera encontrado algo más importante que todas las empresas, edificios y dólares que poseía.

—Hola, pequeñín —susurró.

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

Él levantó la mirada.

—No sé cómo ser padre.

Su voz se quebró ligeramente.

—Pero quiero aprender.

Había imaginado ira.

Había imaginado exigencias.

Incluso había imaginado que me ofrecería dinero para desaparecer.

Jamás había imaginado aquello.

Entonces sonó su teléfono.

El nombre de Marco apareció en la pantalla.

Dominic respondió.

—¿Qué?

Su expresión cambió.

—¿Dónde?

Hubo una pausa.

Entonces me miró.

—Cerrad el edificio y bloquead todos los accesos.

Terminó la llamada.

—¿Qué ha pasado? —pregunté.

Dominic abrió un cajón y sacó un pequeño dispositivo negro.

—Alguien acaba de intentar entrar en tu apartamento.

Las rodillas me flaquearon.

—¿Adrian?

—No lo sabemos.

Apoyó una mano en mi espalda.

—Pero esta noche no vas a volver a casa.

Dominic me llevó a su residencia privada, situada a las afueras de la ciudad.

Era una enorme mansión de piedra rodeada de verjas de hierro, cámaras de seguridad y jardines cubiertos de hojas de finales de otoño.

Odiaba lo hermosa que era.

Y odiaba todavía más que una parte de mí se sintiera segura en cuanto las verjas se cerraron detrás de nosotros.

Me ofreció un dormitorio con vistas a los jardines.

Había flores frescas sobre la cómoda, mantas suaves sobre la cama y una bandeja con sopa, pan y fruta.

—Tienes que comer —dijo.

Lo miré.

—¿Te has convertido de repente en un experto en embarazos?

—No.

Por primera vez aquel día, casi sonrió.

—Pero he llamado a una médica.

Mi expresión cambió.

—Dominic.

Levantó una mano.

—Llamé a la consulta de la doctora Morris porque alguien me había enviado una fotografía tomada fuera de la clínica.

—Pregunté si estabas a salvo.

—Ella se negó a confirmar cualquier información sobre tu cita.

—Entonces, ¿cómo lo supiste?

—Adrian me envió una copia de la ecografía junto con su mensaje.

—Quería que comprendiera lo que sabía.

Aparté la mirada.

Dominic continuó en voz baja.

—No le he pedido tu historial médico a tu doctora, Penny.

—Y tampoco voy a hacerlo.

Aquello significaba para mí más de lo que probablemente él imaginaba.

Se quedó cerca de la puerta.

—Puedes marcharte cuando quieras.

—Marco organizará el transporte a cualquier lugar que elijas.

Lo observé detenidamente.

—¿Incluso si me llevo al bebé?

Su rostro se contrajo de dolor.

—Sí.

No supe qué responder.

Aquella noche permanecí despierta, escuchando el viento que se movía entre los árboles.

A las 2:17 de la madrugada, alguien llamó suavemente a la puerta de mi dormitorio.

—¿Penny?

Dominic.

Me incorporé en la cama.

—¿Qué ocurre?

—Necesito enseñarte algo.

Entró llevando una tableta.

En la pantalla aparecía una grabación de seguridad de mi edificio.

Un hombre vestido con uniforme de mantenimiento caminaba hacia mi puerta.

Llevaba una caja de herramientas negra.

Al principio, nada parecía extraño.

Entonces miró directamente a la cámara del pasillo.

Dejé de respirar.

Conocía aquel rostro.

Era Nathan Cole.

El hombre con el que había salido brevemente dos años antes.

El hombre que se había puesto furioso cuando terminé nuestra relación.

El hombre que una vez me había dicho que Dominic Bellano jamás se fijaría en alguien como yo.

—¿Nathan? —susurré.

Dominic se volvió hacia mí.

—¿Lo conoces?

Asentí.

—Es mi exnovio.

La expresión de Dominic se volvió inescrutable.

—Penny, Nathan Cole lleva dieciocho meses trabajando para Adrian.

Mis manos comenzaron a temblar.

Entonces Dominic me mostró la siguiente grabación.

Nathan abrió su caja de herramientas.

Dentro había un pequeño dispositivo electrónico.

Lo colocó debajo de la manilla de la puerta de mi apartamento.

—¿Qué es eso?

—Un dispositivo de rastreo y vigilancia.

—El equipo de Marco encontró otro instalado en tu coche.

Me quedé mirando la pantalla.

Entonces Nathan volvió a mirar directamente a la cámara.

Y sonrió.

A la mañana siguiente, Dominic recibió un mensaje.

Contenía una fotografía de mi madre.

Estaba saliendo del centro de rehabilitación donde recibía fisioterapia.

Debajo había seis palabras.

TRAE A PENNY O SU MADRE DESAPARECERÁ.

Grité cuando lo vi.

Dominic llamó inmediatamente a Marco.

En menos de veinte minutos, mi madre fue trasladada, con su consentimiento, a un ala segura del hospital.

Estaba asustada, pero ilesa.

Dominic organizó una llamada para que pudiera hablar con ella.

—Penny, cariño, ¿qué está pasando? —preguntó.

No podía explicárselo todo.

Todavía no.

—Mamá, por favor, confía en mí.

—Quédate con las enfermeras.

—No te marches con nadie a quien no conozcas.

Después de la llamada, me volví hacia Dominic.

—Esto tiene que terminar.

—Terminará.

—No.

Mi voz temblaba.

—Me refiero a todo.

—Las amenazas.

—Los secretos.

—Las personas que creen que pueden utilizar a las familias como moneda de cambio.

Dominic no dijo nada.

—Me dijiste que querías aprender a ser padre.

—Y quiero hacerlo.

—Entonces empieza asegurándote de que nuestro hijo nunca tenga que vivir así.

Durante un largo momento, se quedó mirándome.

Después asintió.

—Tienes razón.

Aquella tarde, Dominic hizo algo que nadie en Chicago habría creído posible.

Se puso en contacto con investigadores federales.

Durante años, Dominic había protegido su imperio manteniendo a los extraños alejados de los secretos de la familia Bellano.

Ahora ofreció a los investigadores pruebas de las operaciones criminales de Adrian, incluidos registros financieros, amenazas grabadas e información sobre la participación de Nathan.

También aceptó colaborar con una investigación sobre actividades ilegales relacionadas con su propia organización.

Comprendía el riesgo.

Dominic podía perder sus empresas.

Podía perder su fortuna.

Incluso podía enfrentarse a un proceso penal.

Cuando le pregunté por qué estaba dispuesto a hacerlo, me dio una respuesta que jamás olvidaría.

—Porque he pasado toda mi vida construyendo algo que creía que me haría poderoso.

Miró mi vientre.

—Y ahora lo único que quiero es algo que el dinero no puede proteger.

Tres días después, Adrian Bellano fue arrestado.

Nathan Cole fue detenido aquella misma noche.

Los investigadores descubrieron que Adrian había estado planeando secuestrarme y utilizar mi embarazo para obligar a Dominic a renunciar al control del fideicomiso familiar.

Pero el descubrimiento más terrible llegó del teléfono de Nathan.

Había estado comunicándose con alguien dentro de Bellano Tower.

Alguien que tenía acceso a mi agenda, a mi información personal y a las medidas de seguridad que rodeaban el despacho de Dominic.

Alguien en quien yo confiaba.

Cuando Marco me mostró el nombre, sentí náuseas.

Victoria Bellano.

La tía de Dominic.

La mujer que me había dado la bienvenida a la empresa cuatro años antes.

La mujer que me enviaba tarjetas de cumpleaños y que de vez en cuando dejaba galletas caseras sobre mi escritorio.

La mujer que me había abrazado después de la primera hospitalización de mi madre.

Victoria había sabido de mi embarazo antes que Dominic.

Había obtenido información a través de un investigador privado que comenzó a seguirme después de observar mis repetidas visitas a una farmacia cercana a la oficina.

Después había ayudado a Adrian a coordinar la vigilancia.

No podía comprenderlo.

—¿Por qué? —pregunté.

Dominic parecía agotado.

—Porque creía que Adrian debía heredarlo todo.

—Pero llevo dentro a un bebé de su propia familia.

Él asintió.

—Eso era precisamente lo que la asustaba.

Victoria fue arrestada dos días después.

Por primera vez en décadas, el imperio de la familia Bellano comenzó a desmoronarse.

Y Dominic no intentó impedirlo.

Pasaron seis meses.

Las investigaciones continuaron.

Dominic se apartó de los negocios familiares mientras los abogados trabajaban para resolver las consecuencias legales de su colaboración.

Varias empresas quedaron bajo administración independiente.

Otras fueron vendidas.

Perdió socios comerciales, influencia y una parte considerable de su fortuna.

Pero ocurrió algo inesperado.

Empezó a dormir toda la noche.

Dejó de revisar el teléfono cada pocos minutos.

Aprendió a preparar huevos revueltos.

Unos huevos revueltos horribles.

Asistía a todas las citas prenatales a las que yo lo invitaba.

Y siempre pedía permiso antes de tocarme el vientre.

A las veintisiete semanas descubrimos que íbamos a tener una niña.

Dominic lloró.

No de manera dramática.

Ni ruidosamente.

Simplemente permaneció sentado a mi lado en la sala de exploración, sosteniendo la fotografía de la ecografía mientras las lágrimas resbalaban silenciosamente por su rostro.

—¿Estás bien? —susurré.

Él asintió.

—Solo estoy pensando en mi padre.

Le apreté la mano.

—¿Era un hombre duro?

—Me enseñó que el amor hacía débiles a los hombres.

Dominic miró el monitor.

—Estaba equivocado.

Aquella noche llegó a casa con un diminuto cárdigan rosa.

Tenía pequeños botones blancos con forma de flores.

Me eché a reír.

—Dominic, todavía ni siquiera ha nacido.

—Lo sé.

—¿Por qué lo compraste?

Parecía casi avergonzado.

—Pasé delante de una tienda.

—Lo vi en el escaparate.

—¿Y?

—Y quise comprarle algo a mi hija.

Lo besé.

Era la primera vez que lo besaba desde la noche en que concebimos a nuestro bebé.

Se quedó completamente inmóvil.

Después me rodeó con sus brazos.

—Penny —susurró—, ¿estás segura?

Asentí.

—Por una vez, sí.

Nuestra hija llegó al mundo una fría mañana de febrero.

El parto duró catorce horas agotadoras.

Dominic permaneció a mi lado durante cada contracción, cada momento de miedo y cada vez que amenacé con romperle los dedos.

Cuando la enfermera finalmente colocó a nuestra hija contra mi pecho, el mundo pareció detenerse.

Era diminuta.

Cálida.

Perfecta.

Tenía el cabello oscuro y un pequeño llanto furioso.

Dominic se inclinó hacia ella.

—Hola, cariño.

Su voz temblaba.

—Soy tu papá.

Nuestra hija dejó de llorar por un momento.

Sus diminutos dedos se cerraron alrededor del índice de Dominic.

Él se cubrió la boca con la mano libre.

Había visto a hombres poderosos temblar ante él.

Lo había visto silenciar salas de juntas enteras con una sola mirada.

Pero nunca lo había visto tan completamente sobrecogido.

—¿Cómo deberíamos llamarla? —pregunté.

Habíamos hablado de docenas de nombres.

Ninguno nos había parecido del todo adecuado.

Dominic me miró.

—Grace.

Sonreí.

—¿Grace Bellano?

Negó suavemente con la cabeza.

—Grace Hart-Bellano.

—Si te gusta.

Volví a llorar.

—Es perfecto.

Tres semanas después del nacimiento de Grace, Dominic recibió una carta de sus abogados.

El fideicomiso familiar había sido disuelto mediante un acuerdo aprobado por el tribunal.

Los activos que quedaran después de cumplir las obligaciones legales se distribuirían finalmente conforme a nuevas disposiciones.

Grace no heredaría automáticamente nada del antiguo imperio Bellano.

Dominic leyó la carta dos veces.

Después la dejó sobre la mesa de la cocina.

—Se acabó —dijo.

Levanté la mirada desde la mecedora.

—¿Estás decepcionado?

Él miró a Grace, que dormía contra mi pecho.

—No.

—¿Ni siquiera un poquito?

Sonrió.

—Penny, mi hija nunca tendrá que preguntarse si alguien la quiere de verdad o si simplemente desea lo que posee.

Bajé la mirada hacia nuestra bebé.

Por primera vez comprendí lo que realmente había sacrificado.

No solo dinero.

No solo poder.

Había renunciado a la vida que una vez lo había definido.

Y lo había hecho sin pedirme que renunciara a la mía.

Un año después, en el primer cumpleaños de Grace, celebramos una fiesta en el jardín de una casa modesta cerca del lago.

No había guardias armados.

Ni políticos.

Ni champán caro.

Solo un puñado de amigos, mi madre, una tarta de cumpleaños casera y una niña pequeña que parecía decidida a llenarse el pelo de glaseado.

Dominic llevaba vaqueros y un jersey azul claro.

Había pasado la mañana colgando adornos de papel y discutiendo con la pastelería sobre cómo se escribía el nombre de Grace.

Al atardecer me encontró junto a la puerta del jardín.

—¿Penny?

Me volví.

Parecía nervioso.

Dominic Bellano.

El hombre que una vez había aterrorizado a medio Chicago.

Nervioso.

—Tengo algo que preguntarte.

Mi corazón comenzó a acelerarse.

Metió la mano en el bolsillo.

Entonces se arrodilló sobre una rodilla.

Dentro de una pequeña caja de terciopelo había un sencillo anillo de oro.

Sin un diamante enorme.

Sin ninguna exhibición extravagante.

Solo un hermoso anillo con un diminuto corazón grabado.

—No puedo prometerte una vida perfecta —dijo.

—No puedo borrar mi pasado.

—Y tampoco puedo prometerte que nunca habrá días difíciles.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Pero sí puedo prometerte que tú y Grace nunca tendréis que competir con mi ambición, mi orgullo o mis miedos.

Me llevé una mano a la boca.

—Penelope Hart, ¿quieres casarte conmigo?

Me reí entre lágrimas.

—Sí.

Dominic se levantó y me besó.

Detrás de nosotros, Grace comenzó a aplaudir desde el regazo de su abuela.

Todos se echaron a reír.

Durante unos segundos maravillosos, pensé que nuestra historia finalmente había alcanzado su final feliz.

Entonces mi madre se acercó llevando un pequeño sobre.

—Penny, cariño, esto ha llegado para ti.

No había dirección del remitente.

Solo mi nombre.

Lo abrí.

Dentro había una fotografía tomada casi treinta años atrás.

El padre de Dominic, mucho más joven, estaba de pie junto a otro hombre.

El segundo hombre sostenía a un bebé recién nacido envuelto en una manta blanca.

En el reverso, alguien había escrito:

PENELOPE HART — LA NIÑA QUE NUNCA DEBIÓ SOBREVIVIR.

Mis manos comenzaron a temblar.

Dominic lo notó inmediatamente.

—¿Qué ocurre?

Le di la vuelta a la fotografía.

Mi madre palideció.

Tanto que pensé que iba a desplomarse.

—¿Mamá?

Se quedó mirando la imagen.

Entonces susurró unas palabras que hicieron que el mundo entero pareciera inclinarse bajo mis pies.

—Penny, hay algo que debería haberte contado antes de que conocieras a Dominic Bellano.

La miré y después volví a mirar la fotografía.

—¿De qué estás hablando?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Hace treinta años, tu padre no murió en un accidente.

Sentí que el corazón se me detenía.

—Fue asesinado.

Dominic se acercó.

—¿Por quién?

Mi madre lo miró directamente a los ojos.

—Por el hombre que te crió.

Durante varios segundos, nadie habló.

Entonces señaló al recién nacido de la fotografía.

—Y ese bebé no eras tú, Penny.

Me quedé mirándola.

—¿Qué?

Ella comenzó a llorar.

—Era tu hermana mayor.

Apenas podía respirar.

—Yo no tengo ninguna hermana.

Mi madre negó con la cabeza.

—Sí la tenías.

Entonces pronunció las palabras que volverían a cambiarlo todo.

—Y el padre de Dominic no la mató.

—Se la llevó.

—Pasé treinta años creyendo que estaba muerta.

Dominic extendió lentamente la mano hacia la fotografía.

Examinó al hombre que sostenía al bebé.

Su expresión cambió.

—Penny…

Lo miré.

—¿Qué?

Su voz era apenas audible.

—Conozco a ese hombre.

—¿Quién es?

Dominic tragó saliva.

—Era el amigo más cercano de mi padre.

Un silencio terrible cayó sobre el jardín.

Entonces terminó de hablar.

—Y hace tres meses recibí pruebas de que sigue vivo.

Bajé la mirada hacia Grace, que reía inocentemente en brazos de su abuela.

Había pasado todo mi embarazo creyendo que el mayor peligro para mi hija era el apellido Bellano.

Pero mientras contemplaba la fotografía de aquella hermana a la que nunca había conocido, comprendí algo mucho más aterrador.

Los secretos que rodeaban a nuestras familias no habían comenzado con Dominic.

Habían comenzado con mi nacimiento.

Y en algún lugar, un hombre que había robado a una recién nacida treinta años atrás acababa de enviarnos un mensaje.

Sabía dónde vivíamos.

Sabía de la existencia de Grace.

Y quería que supiéramos que el pasado todavía no había terminado con nosotros.